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Minipoemario lunar CUMPLIR…LA VIDA

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HEBERTO TARACENA RUIZ
A LA SRA. NOEMI ALFANI VEYRO
DE ESTRADA.
El término ordinario
de vivir,
amerita hacer acto
de presencia:
contacto a cada instante,
sin descartar la muerte.
Lo sabe el corazón.
Podrán cumplirse años
envueltos de festejos
y flacos de objetivos.
A través del contacto
con la vida,
el ser humano puede
explorar sus espacios;
entretanto se halle
en condiciones
de confirmarlos,
haciendo aportes llenos
de su propia existencia.
Cierto que parecidas
son otras vidas,
pero ninguna está
en lugares ajenos;
dicho sin olvidar
lo que nos asemeja
y diferencia.
Pocos o numerosos
años,
no siempre satisfacen
ensueños anhelados.
Que no por vivir mucho
se ha de escoger estar
en el lugar común…
El contacto designa
hasta qué punto
va la satisfacción
por vías paralelas;
no amagando esperanzas
de horizontes inciertos:
habla con la verdad
en el sentido
de que la única base
de apuntalar la vida
gravita en recrearla
sin vacíos.
Cumplir, lo que se dice
cumplir,
a conciencia;
es decir, entendiendo
que esta oportunidad
como antes no habrá sido
podrá no ser después,
ni duplicarse.
Cunduacán, Tab., a 24 de noviembre de 2021

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Solo cien años

Juan Ochoa Vidal
juan_ochoa45@hotmail.com
Cien años de vida cumple este lunes Luis Echeverría Alvarez. Ya anciano, se intentó enjuiciarle por genocidio, pero el sistema judicial no encontró elementos para procesarlo por la matanza de Tlatelolco y la de Jueves de Corpus. En 2009 se le exoneró.

Durante su gobierno, el poder adquisitivo del salario alcanzó el máximo nivel histórico y la economía creció 6.1 por ciento. Y en una combinación de populismo con autoritarismo, en el contexto mundial de la guerra fría, en momentos en que dictaduras militares ensangrentaban Latinoamérica y en México había guerrillas urbanas y en zonas serranas, logró controlar al país.

Como ha sucedido en los regímenes presidencialistas, en lo que años más tarde Mario Vargas Llosa denominó “la dictadura perfecta”, impuso como su sucesor a José López Portillo. Al igual que con sus antecesores, la intentona de maximato fracasó pues éste lo traicionó y acotó.

Conocí a Echeverría en 1983. Seis meses antes me había incorporado al periódico Excélsior. Luego de haberme ocupado de la cobertura de actividades de Miguel de la Madrid para Últimas Noticias Segunda Edición, se me asignó, entre otras fuentes, el Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo, creado por el ex Presidente y que contaba con presupuesto federal.

Un día me invitó a comer en la cafetería de la institución, no sin previo comentario de que no habría entrevista sino plática coloquial. Él tenía entonces 61 años y el inexperto reportero apenas 24 cumplidos.

Cuando sucedió la matanza de la Plaza de las Tres Culturas, tenía diez años y cursaba la primaria en el Colegio Tabasco. Muy joven aún, leí un libro intitulado Jueves de Corpus, que narraba las atrocidades del régimen de Echeverría y del de Gustavo Díaz Ordaz. Tenía la peor impresión posible acerca de él.

Antes de ese pequeño convivio en la cafetería que por cierto tenía chef y atendía las necesidades de investigadores sociales de México y provenientes de diversas partes del mundo, me sorprendió escuchar a Echeverría en discursos magistrales y responder con innegable habilidad a cuestionamientos de reporteros.

La cuestión es que al cabo de 39 años conservo fresca en la memoria la impresión renovada y la conclusión que obtuve en torno del ex mandatario que, sin duda, más allá de todo lo malo conocí personalmente en su faceta de intelectual brillante, en apariencia incapaz de ordenar la muerte de alguien.

La vida me ha dado la oportunidad de conocer todo tipo de personas, específicamente en la actividad pública. No pocos de ellos, controversiales y considerados como una especie de demonios o carentes de capacidades cognoscitivas.

Años más tarde, por ejemplo, platiqué con Manuel Noriega y Joaquín Hernández Galicia, meses antes de que al primero lo derrocara y encarcelara el gobierno estadounidense, y al segundo Carlos Salinas.

En cuanto a Echeverría, todavía hoy no estoy seguro de si puede considerársele entre los peores o más hábiles gobernantes que ha tenido México, sin detenerme a juzgar los hechos de sangre que incluyen la ejecución de Lucio Cabañas, así como el aniquilamiento de la a su vez sanguinaria Liga Comunista 23 de Septiembre, en la cual militaron Pablo Gómez, Julio Hernández y otros individuos hoy miembros prominentes del partido en el poder.

De cualquier modo, Echeverría ya pasó a la historia como un demonio. No será el último. En su momento detentó todo el poder y lo utilizó con inteligencia para sus fines.

Como punto de referencia, recordemos que su sexenio corresponde en tiempo al de Mario Trujillo García en Tabasco, en una época en la cual casi cualquier tabasqueño podía entrar en la Quinta Grijalva o abordar al gobernador en la calle.

El politólogo Octavio Rodríguez Araujo describe cómo y por qué inicia Echeverría la reforma política que abrió el camino para un sistema de partidos:

“La reforma política en México tal como fue propuesta por el gobierno y dadas las circunstancias en que fue planteada, tuvo la intención principal de institucionalizar la oposición en México al mismo tiempo que recuperar la credibilidad en el sistema político del país deteriorada, casi a nivel de crisis, por décadas de uso y abuso de sistemas de control y de dominación útiles en otro momento, cuando el Estado mexicano tenía la popularidad de masas característica de la etapa comprendida entre 1920 y 1940, aproximadamente”.

Después tuvieron que pasar muchos años antes de que se concretara el derrumbe del partido hegemónico. No ha sido fácil. Muy lejos de lo ideal. Hoy, a todos nos conviene que nunca más un solo partido concentre todo el poder. Deben existir contrapesos que impidan todo exceso.
Twitter: @JOchoaVidal

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